DECÍAMOS AYER... Problemas de Agenda
29/07/2010
UANDO tiempo atrás la Guardia Civil de Tráfico sorprendía el coche oficial del Presidente de la Junta de Extremadura circulando a una velocidad 50 kilómetros superior a la permitida, se comentó que una vez detenido el coche al comprobar la autoridad que lo ocupaba faltando a su más elemental deber, aquella no extendió el correspondiente Boletín de denuncia. Ignoro si posteriormente se ha desmentido este hecho o no, pero yo particularmente pongo en tela de juicio la noticia habida cuenta de que, por razones que no son del caso, tengo una total confianza en la probidad profesional de estos abnegados servidores de la Ley. . Después se dijo, que en su deseo de justificar el desafuero el presidente extremeño señor Fernández Vara, don Guillermo, manifestó que <<problemas de Agenda>> [al parecer no es la primera vez que le sucede] fueron la causa que dio lugar a esta infracción. Justificación baladí que en nada favorece a este servidor público, cuya actitud contrasta frontalmente con su obligación moral de ser ejemplo a todos los efectos ante la ciudadanía toda -la que le votó y la que no-, pero que son contribuyentes a partes iguales de las prerrogativas obtenidas en razón del cargo que ostenta. Un cargo que le obliga a ser el primero en sus obligaciones ante la Ley, que es tanto como decir que también debe ser su primer servidor. Ignoro sus dotes políticas así como su capacidad de gestión al frente de su comunidad, pero conozco a lo que condiciona una Agenda de trabajo; y es por ello que me atrevo a asegurar que su gestión al respecto puede ser susceptible de mejora; en el bien entendido que cuando el trabajo se supedita a tan obligada norma es absolutamente imprescindible adaptar aquél a ésta, única forma de llegar a la noche en el día a día con el proyecto cumplido Mal gestor, por tanto, si basado en una Agenda cuyo objetivo es la ordenación diaria de un proyecto de trabajo, cuando por mor de circunstancias que solemos llamar imprevistas, al no ser capaces de cumplirlo, recurrimos al exceso de velocidad como lenitivo de tales carencias A lo largo de mi vida laboral, superada ya de largo en el tiempo, la mayoría de mis desplazamientos por la geografía patria siempre los realicé por carretera y, por supuesto, siempre al volante de mi propio coche. Varios tuve; pero especialmente un R-8 que todavía conservo, que allá por 1971 iniciara su andadura a mis manos y que a pesar de haber tenido otros antes y después, nunca me desprendí de él. Viejo y arrumbado, objeto inanimado hoy, lo conservo como una reliquia, un trofeo quizá; homenaje al fin, a aquella azarosa vida de trabajo. Ni que decir tiene que tan dilatado periplo ocasionó alguna que otra infracción de carretera; petulancia sería si ahora, a toro pasado, alardeara de que nunca inflingí la norma establecida. Tres ocasiones recuerdo especialmente, dos de ellas casualmente a bordo de este humilde coche; y curiosamente acaecidas por la misma zona. Eran tiempos en que el camino hacia Madrid obligaba a atravesar el trazado urbano del Real Sitio de Aranjuez, y precisamente antes de llegar al mítico restaurante “El Rana Verde”, todavía atravesando su espaciosa plaza, debí superar la velocidad autorizada [30 Km. Hora] porque una fotografía indiscreta demostró que me hacía acreedor a una sanción de 300 pesetas. La segunda sucedió años después, unos kilómetros más adelante cuando ya preparándome para afrontar le ingente gesta de coronar la mítica Cuesta de la Reina, otra inoportuna fotografía justificó las 3.000 pesetas con que fui sancionado. Escaso bagaje, pese a todo, para tan dilatada trayectoria; sin que ello signifique que posiblemente en alguna que otra ocasión no me hiciera merecedor de alguna sanción más. Quizá la suerte o la carencia de los sofisticados medios actuales, fuera la razón que justificara tan escasas infracciones. Al margen queda un luctuoso hecho, del cual yo salí absuelto, pero que aún actor involuntario, en mí retina y en mi corazón; y a pesar tiempo transcurrido, aun permanece indeleble aquel triste momento que dio origen a la pérdida de una vida. Pero, en definitiva era yo, eran mis manos y mis reflejos los que afrontaban una responsabilidad que no delegaba en nadie; no había por medio un asalariado el que por una negligencia mía cometiera una infracción; infracción que en buena lógica, ahora será él quién deba asumir la responsabilidad haciendo frente a la sanción correspondiente; amén de la pertinente retirada de puntos de su carnet. Lamentable paradoja, que basada en tan peregrina justificación, aparte desautorizar a una humilde Agenda de trabajo, perjudica a un trabajador a la vez que deja en evidencia las carencias de su mentor. Y uno, en su levedad política, piensa que a veces el verbo Dimitir, aparte ser un transitivo quizá ignorado por la clase política, asignatura pendiente por tanto, en momentos puntuales sería el barómetro ideal para establecer la diferencia entre el político brillante y el político de medio pelo. Juan Manuel RODRÍGUEZ MIRA al_hanbor@yahoo.es