Pedro Muñoz

ALAMBOR

El Cerro de la Nieve

DECÍAMOS AYER... NOBLEZA OBLIGA

05/06/2008

LA publicación de mi artículo “Va de Homenajes” del pasado día 29 de Abril, ha dado origen a un comentario de don Arturo Peinado Cano, el cual de forma exquisita se muestra disconforme, también molesto, con su contenido al considerar que con él trataba de menospreciar el recuerdo de una de sus abuelas.

Al respecto, y correspondiendo a su ponderado comentario, nobleza obliga, quiero manifestarle para su tranquilidad que en ningún momento fue esa mi intención; mucho menos ofender o atacar a nadie ni vivo ni muerto; pues testigo de aquel tiempo, conozco las vicisitudes pasadas al punto que muchas veces me he preguntado hasta dónde hubiéramos sido capaces de llegar aquellos que por circunstancias ajenas a nosotros mismos, nuestro paso por las aulas fue más bien efímero cuando no nulo. Pregunta que termina en interrogante, ya que como comprenderá resulta muy difícil de contestar.

Unas circunstancias que nos condicionaron a un estilo de vida, en ocasiones bastante triste, pero que quizá fue la que nos curtió, de tal forma que fuimos capaces de conseguir con nuestro propio esfuerzo la recuperación de una España en ruinas y, porqué no, abrir esas aulas a nuestros hijos. Y eso es algo que se quiera o no, en nuestro papel de malditos de la película, nos pertenece por derecho propio a aquella generación que en la medida de nuestras posibilidades tratamos de aportar un grano de arena al menos, hasta conseguir el milagro de hacer entrega a nuestros hijos de un país mejor y en franca progresión.

Otra cuestión a aclararle, es que para nada mencioné en mi artículo de referencia que “no quisiera acordarme del nombre del pueblo”, creo recordar que decía: “... cuyo nombre no hace el caso”, sin ánimo de ofensa por supuesto. No hacia el caso, por que lo de menos era [y es] el lugar y la circunstancia. Con mi escrito trataba de reivindicar, siempre con carácter general, la memoria del viejo Maestro, que en la mayoría de los casos se ausentaba de su pueblo de origen para entregar su vida y su mejor hacer en beneficio de sus semejantes, en principio extraños, pero que con el transcurrir del tiempo terminaba plenamente identificando con ellos. [Y todo por 3.000 reales al año, divídase la soldada entre 48 semanas]. En ningún momento trato de dirimir cuitas, ni con vecinos y mucho menos con autoridades de ningún pueblo en especial. Lo arriba descrito creo que justifica mi artículo, sin más pretensión.

Así pues, cuando en mi artículo de referencia digo: “Que una persona, mujer u hombre, se desvele por el bienestar de los demás merece el total reconocimiento y consideración; que un entusiasta de la poesía o la literatura, con más o menos conocimiento de la métrica, mujer u hombre [y aun cuando haya necesitado llegar a la senectud para que empiece a creer en ella] se le reconozca su ilusión y su afán de superación, puede resultar comprensible. Pero que una persona, mujer u hombre, en una habitación de su casa reúna por unas horas a 30 o 40 críos durante todos los días de la semana, de Lunes a Sábado, nunca tal labor podrá relacionarse con el Magisterio y, mucho menos, equiparar la misma a la de un titular de la enseñanza, debidamente respaldado por una adecuada capacitación; por muy adelantada que pudiera ser a su tiempo”, no estoy menospreciando para nada a ninguna persona en concreto, menos aún la labor de esta señora que como es natural, y así lo reconoce el señor Peinado Cano, estuvo condicionada a unos principios elementales. Lógico, por tanto, que aparte el amor filial se sientan orgullosos de ella. ¡Faltaría más!

No pasé por la escuela de su abuela, pero pasé por otra similar de lo cual me siento orgulloso. De hecho, en un artículo publicado el día 1 de julio del pasado año, hago mención a aquel “humilde maestro” de la siguiente forma: “Entre los recovecos de la memoria, siempre se mantiene fresco el recuerdo del aquel día en que por vez primera pisé una escuela. Bueno, escuela lo que se dice escuela propiamente dicho no era; se trataba de una simple habitación, más bien pequeña, donde quince o veinte críos pasaban parte de la mañana y de la tarde distraídos entre alborotos, cánticos y reprimendas del bueno de Miguel, orondo padre de familia a la cual sacaba adelante con la aportación de los padres de esos críos, en compensación por soportar durante unas horas a aquellos pequeños salvajes. [“Mejor allí, que apedreando perros”] Y continúo: “El tiempo pasado allí, quizá fuera intranscendente respecto del aprendizaje, en el amplio sentido de la palabra, pero de lo que no cabe duda es que aquel buen hombre con su limitada capacidad didáctica fue capaz de inculcarnos unos principios que sin lugar a dudas, fueron la base sobre la cual todos y cada uno de nosotros habríamos de enfocar nuestro futuro cuando de verdad emprendiéramos nuestro caminar por el ajetreado mundo. Cada cual en busca de su destino. Enciclopedia, Matemáticas, Geografía, Geometría, Historia de España, Dibujo y Religión era el conjunto de pequeños libros que con el lapicero, el borrador, la libreta y el sacapuntas, llenaban nuestro apretado cartapacio. Un tema cada día, Dibujo el sábado por la mañana y Religión por la tarde [...] Con este panorama para nuestros jóvenes, sólo nos falta esta Educación para la ciudadanía, y dentro de ella ese edificante “tratado” [...] En claro contraste de aquel humilde maestro, capaz de transmitirnos sobre la base del respecto mutuo un mínimo de responsabilidad, condición indispensable para caminar por la vida como personas civilizadas”.

Mi agradecimiento por su correcta queja, y mi reiteración de que en ningún momento existió ánimo de ofensa o menosprecio de mi parte hacia persona alguna en concreto y, mucho menos a su abuela, a la que no tuve el agrado de conocer.

Cordialmente
Juan Manuel Rodríguez Mira

http://pedro-munoz.cuadernosciudadanos.net/Juan_Manuel_RODRIGUEZ_MIRA/2008/06/05/deciamos-ayer-nobleza-obliga/
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